jueves 21 de marzo del 2019

DE OTRO POZO

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Año Nuevo o la vuelta al tiempo original

* Por Gisela Colombo

El tiempo siempre ha suscitado inquietud en el hombre.

En todas las civilizaciones existe una idea de regeneración de la vida. No es extraño que así sea, porque no sólo los ciclos de la naturaleza que medimos por estaciones son una sucesión permanente de muerte y renacimiento. El proceso se reproduce incluso en nuestras células.

Esta idea de regeneración está implícita en todo intento de medir el tiempo.

Los calendarios son la expresión de un ritmo constante en el que existen caídas y ascensos. Finales y re-comienzos.

Algunas civilizaciones primitivas identificaban el momento en que la muerte y resurrección ocurría de acuerdo con el calendario de siembras y cosechas.

Los griegos lo explicaban mediante el mito de Perséfone y Hades.

El dios del inframundo rapta a la hija de Demeter, diosa de la fertilidad. Lo que ocurre cuando su madre se entera es que el raptor y ella deben llegar a un acuerdo. Seis meses habrá de permanecer la joven con su madre y seis, con su esposo. El resultado será que durante medio año una gran fertilidad se esparcirá por el mundo, expresando la alegría de Demeter. Primavera y verano. Pero luego, la tristeza de la diosa por la partida de su hija al inframundo determinará una pérdida de la capacidad reproductiva de la naturaleza. Se trata del otoño y el invierno. Es la fase de decadencia y muerte del mundo natural que llega a su fin, para que el ciclo vuelva a empezar.

Otras culturas, de mayor sofisticación o entregadas a actividades económicas diferentes, utilizaron los ritmos astronómicos para medir el tiempo. Todavía es posible detectar el calendario lunar que utilizaban los hebreos si pensamos en cómo se arquean los periodos de la Pascua, la Cuaresma y el Carnaval. El día de Pascua de Resurrección se establece como el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena después del equinoccio de marzo. Éste es el motivo por el cual no existe un día fijo para estas celebraciones. Con el mismo criterio lunar, han medido muchas civilizaciones el final de su ciclo y el recomienzo de un nuevo periodo vital.

Pero el calendario que prevaleció en Occidente, amén de estas licencias litúrgicas, fue el que propuso la medición a través del ciclo solar. Es decir, en unidades consistentes en el lapso que tarda la tierra para cumplir su revolución alrededor del sol. A esa unidad llamamos “año”.

Solsticio de invierno y Sol invicto

Al arribar a ese punto en que se produce la muerte del ciclo, el sol se ubica en el lugar más lejano y la luz reduce su permanencia a muchas menos horas que en otros momentos astronómicos. El 21 de diciembre en el hemisferio norte y del 21 de junio en el hemisferio sur se observa lo que los antiguos interpretaban como la fuga del sol. En el Norte, tres días después, cerca de la fecha del Nacimiento de Cristo se festejaba el “Sol invicto”. Volvía el sol luego de su desaparición. El regreso era y es una imagen de la supervivencia de la luz, de la resistencia y la victoria por sobre la oscuridad. Esta celebración, para algunos autores, desacredita la Navidad porque revela el carácter profano y arcaico de un momento que se supone sagrado y más reciente. Esa perspectiva sería, en tal caso, una respuesta política y humana. Las primeras autoridades cristianas después de la conversión que hace Teodosio del Imperio Romano debieron hacer concesiones e intentar sincretizar los hábitos paganos con la nueva liturgia, porque si había una intención en permitir una religión que hasta menos de un siglo antes se censuraba, era por la necesidad de unificar un imperio excesivamente grande y diverso por medio de la fe común.

Sin embargo, visto desde una postura menos antropocéntrica, el asunto se ve bien diferente. Para los creyentes, sería lo contrario: descubrirían en aquella fiesta del “Sol Invicto”, que se festejaba en la Antigüedad romana, un hecho profético: un aviso de que algo similar ocurriría con la Luz hecha carne.

¿Acaso no leían de ese modo la naturaleza los hombres arcaicos? Basta recordar el episodio de La Ilíada en que Calcante interpreta, observando el ataque de una serpiente a un nido de pichones, que ha llegado el momento en que su pueblo, los aqueos, tomarán Troya. Se sabe que Julio César observaba el vuelo de las aves para decidir si convenía o no atacar en ese terreno o en ese periodo. Los griegos, los egipcios y casi todos las culturas antiguas observaban hechos y naturaleza como si estuvieran leyendo de un libro. No sería extraño en ese contexto que se interpretara la danza astronómica de los planetas (que también son creaturas del Creador) para anticipar la llegada de su hijo… Una especie de “vaticinio” legible no en un libro, sino en la naturaleza.

¿Cómo un hecho tanto más grande que un nacimiento podría ser un vaticinio? En la perspectiva religiosa, ¿acaso valdría menos la encarnación de Dios mismo, que un movimiento astral? Así lo comprendían los magos que vinieron de Oriente. El Sol invicto era un presagio, una prefiguración del Cristo que retornaría desde las tinieblas, vencedor.

Y si la celebración o el ritual tienen lugar, entonces aquel aviso (o su conmemoración) sucederá de nuevo. Habrá un retorno a ese tiempo sagrado una y otra vez.

Mito del eterno retorno

El modo de concebir ritualmente la vida se daba con mayor fluidez en las tribus antiguas. La idea de la regeneración y el ciclo perpetuo son percibidos con mayor fuerza en las culturas que conservan su sentido de lo sagrado. El círculo perfecto con que se describe el ritmo vital es, para Mircea Eliade, el “mito del eterno retorno”. No se trata de una realidad, sino de un modo de pensar el devenir a la modalidad del mito.

Cada año llega una instancia de despedida, de purificación, de desapego con lo que ya ocurrió y sobreviene la esperanza de un tiempo nuevo. Ese renacimiento funciona como una re-oxigenación de la experiencia. No es poco habitual oír a alguien rogando que se termine este 2018 o cualquier otro año, para liberarse de su yugo y volver a empezar. ¿Acaso no es pensamiento mágico la creencia de que por el cambio de numeración desaparecerán los problemas?

Diversos en sus fórmulas, todos estos instrumentos de regeneración tienden hacia la misma meta: anular el tiempo transcurrido, abolir la historia mediante un regreso continuo por la repetición del acto cosmogónico.”, dice el historiador de las religiones.

El regreso ritual al tiempo original donde no existía la muerte constituye un frenar la dolorosa perspectiva de la finitud que llevamos impresa como la angustia medular. Un modo de combatir el recuerdo devastador de que vamos a morir en algún momento.

La mecánica podría graficarse como un ciclo o círculo que termina e inicia de nuevo en el mismo punto. Los antiguos le llamaban “ouroboros”, que significa ofidio que fagocita su propia cola. Y así se enseña el concepto en civilizaciones ya no arcaicas sino incluso contemporáneas.

Purificación y presagio

La vida no puede cursarse hacia atrás, el devenir no puede ser reparado, por eso este “eterno retorno” no debe interpretarse literalmente, como lo han hecho algunos filósofos. No se trata de un mundo que pasará hasta el infinito por la misma vida, idéntica, una y otra vez. Ese determinismo no es para nada auspicioso

Pero “el mito del eterno retorno”, donde se recrearán una y otra vez, por medio de la liturgia o las celebraciones rituales, los hechos fundamentales de la civilización, sí lo es.

El inicio del nuevo año resulta una promesa esperanzada. El simple pasaje por los ritos del final y recomienzo liberan al hombre de los errores cometidos y le ofrecen una nueva oportunidad para comenzar de cero.

Mircea Eliade, entre otros tantos, sostienen que la celebración de Año Nuevo está vinculada intrínsecamente con otras dos celebraciones. En rigor, se trata de un proceso que ocurre en varias fases. La primera, el Nacimiento de Cristo o el Sol invicto. La segunda, el Año Nuevo que consiste litúrgicamente en la Presentación de Jesucristo en el Templo. (Para los judíos era el momento ritual en el que un bebé ingresaba formalmente a la comunidad). Y el tercero, la Epifanía, la visita de los Reyes magos, que representa el momento en que se manifiesta la universalidad del niño salvador; entonces, acuden sabios de otras regiones del mundo, a testificar su condición de mesías.

En las doce noches que van desde ese momento del Natalicio y hasta la Epifanía, se suscitaba la oportunidad de hacer la purificación. El despojarse de todo apego pasado. La limpieza de los pecados, la expulsión de los demonios y otras purgas semejantes eran prácticas previas a la regeneración.

Pero en esos días también se proyectaba ritualmente el año. Cada jornada de esas doce simbolizaba un mes del año.

Y aquí retorna la mirada que descubre en la realidad un objeto por ser leído como presagio. Cada día se torna oráculo para un mes del nuevo año. Tal es la propuesta.

En suma, estos días que aún estamos transitando resultan el tiempo ideal para reflexionar, purificarse, retornar al sentido más profundo de la vida y recién entonces brindar por la prístina aparición del nuevo ciclo que llega…

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