martes 15 de octubre del 2019

DE OTRO POZO

kardec1.jpg

Kardec o el espiritismo

* Por Gisela Colombo

No hace muchas semanas que la película “Kardec” ingresó a las propuestas de algunas plataformas de streaming. Se trata de una producción brasileña sobre vida y obra de Allan Kardec, a quien se considera la máxima autoridad en la Doctrina Espiritista.

Su nombre real era Hippolyte Léon Denizard Rivail, nació en 1804 y murió en París, el 31 de marzo de 1869. Antes de su despertar a la doctrina y de sistematizar sus saberes, Kardec fue traductor y profesor. Pero cuando comenzó el trabajo que lo hizo célebre ya no era León Rivail sino Allan Kardec.

No resultó idea de él ese nombre. Aun así decidió usarlo. Fue en una de sus sesiones espiritistas iniciales en la que lo oyó de un “amigo de otra vida”, que hablaba por boca de una médium. La voz le reveló que ése era su nombre en una vida pasada, cuando era druida en la Galia, tal vez los últimos años de la Antigüedad o durante la Edad Media.

Lo curioso es que Rivail era un hombre de la Academia de Ciencias, por demás racionalista, en un periodo en que la ciencia estaba sobreestimada a un punto que ningún conocimiento que no viniera por medio del método empírico podía ser respetable. O algo peor incluso, todo lo que afirmaba la ciencia era irrevocablemente cierto. Incluso esas negaciones que excluían de la realidad todo aquello que no pudiera comprobarse en laboratorio.

Kardec oyó ese día una propuesta. Mediante la escritura automática de la médium recibió unos escritos en que se lo instaba a considerar su misión. Debía investigar y difundir esta disciplina consistente en el supuesto de que estamos rodeados de presencias con las que es posible, aunque no fácil, comunicarse. Los textos le informaban que fue elegido para esa misión, pero no lo comprometían. La última palabra la tenía su libre albedrío.

En el film  ̶ que no debemos olvidar, es una ficción ̶ , la decisión llega cuando Gabrièle, su esposa, y él, después de una conversación sobre lo poético del universo mientras observan con un telescopio el cielo, asisten a un hecho extraño, el movimiento inexplicable de un objeto. Al día siguiente concurrían a una sesión en la que Rivail recibió una respuesta a los comentarios de aquella conversación sobre estrellas; y lo hizo ante su esposa y testigo. Eso inclinó la balanza y el profesor Rivail o “Allan Kardec” dio por iniciada la cruzada.

kardec3.jpg

Después, su trabajo filosófico fue cristalizando en varios libros.

La Iglesia de su tiempo aparecía en el film como uno de los antagonistas. Y justificaba la alerta al decir que si el hombre ha de comunicarse con los espíritus debe saber que no sólo hay muertos bienintencionados en torno nuestro. También, seguramente habrá demonios o almas muy perniciosas también.

El guión presenta a quien lo decía como un sujeto siniestro.

En determinado momento, después de un éxito de ventas impresionante con “El libro de los espíritus”, una edición traducida fue enviada a Barcelona, donde la Iglesia encabezó la condena y se quemaron los ejemplares. Situación que Kardec ̶ siempre según la película̶ vio en una especie de “viaje astral”. De regreso del vahído en que lo experimentó, recibiría carta de una de las médiums, recomendándole a destiempo que no impidiera la pira, que de allí vendría un impulso de difusión que llevaría su fama a todas partes.

Las médiums que perdió, entre ellas a esta mujer que le escribiera, son reemplazadas por otra, hija de un noble cercano al Emperador. Con ella continuó sus investigaciones, presagio que también la carta anticipaba. La historia no va mucho más allá.

A la película le ha interesado manifestar el costado humano del personaje. Su lealtad a la verdad es lo más resaltado de la figura de Kardec, que en ningún momento deja de estar sostenido por su esposa Gabrièle.

kardec2.jpg

El espectáculo es interesante en la medida en que nos acerca a la persona del científico al que la Academia de Ciencias expulsó. Y nos genera curiosidad por la disciplina que defendía. No obstante, los ingredientes comerciales le dan cierto infantilismo, cierto tono de cuento de hadas, donde la ingenuidad de presentar personajes estereotipados (antagonista, el religioso; obtusos científicos como la necedad racionalista; una médium, representando, la vanidad...) le quitan credibilidad a tal punto que el espectador no avezado ya no podrá confiar en el rigor histórico de los hechos y sólo valorará el acercamiento de un tema que no estaba previamente en su horizonte.

Sería muy interesante conocer la opinión de quienes, en cambio, conocen profundamente el Espiritismo y pueden medir con sabiduría este film.