jueves 13 de agosto del 2020

De otro pozo: Tolkien

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“Tolkien”, una vida de imaginación y fantasía

* Por Gisela Colombo

Cuando un creador de personajes se torna él mismo un personaje es porque a los simples mortales que somos espectadores nos maravilla comprender cómo la materia real se torna materia artística.

Este mismo interés pareció tener el director Dome Karukoski y los guionistas de la película estrenada el año pasado que relata la vida del gran escritor JRR Tolkien.

El film recorre la infancia y la juventud del filólogo inglés que destacó dando a luz una obra riquísima en elementos legendarios y en un trabajo lingüístico sin precedentes.

Vemos los juegos infantiles y una madre que llena de fantasía la vida de sus dos hijos, narrándoles histriónicamente leyendas populares e historias extraviadas en la niebla del pasado. Pero un día la muerte se la lleva abruptamente y la pobreza que los perseguía desde siempre se torna la mayor preocupación de quien queda como tutor de los niños, el Padre Francis. A él corresponde encontrar la protectora que financie los estudios de ambos hermanos, los acoja en su casa y solvente la manutención. En casa de ella conoce Ronald a quien será el único amor, Edith Bratt. Por esos años, en el colegio al que asiste, Tolkien hace amistad con tres jóvenes con quienes fundan una sociedad llamada “Tea club and barroviansociety”, un grupo al que aglutina la idea de “salvar el mundo” por medio del arte. Un músico, un pintor, un poeta y este creador incansable de leyendas e inventor de un idioma para pronunciar historias legendarias con la mayor gracia, se reúnen, comparten té, bebidas espirituosas y sus producciones artísticas. Pronto la relación con Edith, la chica que comparte protectora y casa con los hermanos Tolkien, va virando de la amistad al romance. De ella y de su capacidad para tocar bellamente el piano se va enamorando J.R., hasta que los estudios decaen y el sacerdote y tutor le ordena dejar la relación y partir a Oxford con una beca.

En la institución conoce al profesor Wright y se fascina con la filología, proceso interrumpido por el comienzo de la Primera Guerra Mundial, que lo requiere como soldado en el campo de batalla. La misma suerte corren sus tres amigos. Antes de partir, Edith llega a despedirse y se confiesan mutuamente. El amor está intacto a pesar de haber roto la relación cuando Tolkien parte a la Universidad. En la despedida acuerdan retomar la relación y el joven se embarca hacia el horror con esa esperanza. Lo que viene es el mayor desgarramiento y el relato recoge escenas de batallas, muerte, fuego y las pérdidas más dolorosas. En esas escenas se filtra la nebulosa fantasía que alimentaba su madre y se desliza la conexión entre los dragones y los lanzallamas del enemigo, entre el universo de la creación y la cruda realidad de la guerra. Pero apenas se esboza para que el espectador reconstruya solo y seguramente de mano de sus libros, el mecanismo misterioso de la creación.

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El resultado es una película bella, con un tono definido, aunque no indague profundamente en el proceso creativo que despierta su interés. Es una biografía que permite imaginar el entorno en que se desarrolla esa conciencia, las pruebas de fortaleza que enfrenta, pero nunca se interna en los vericuetos de esa mente extraordinaria del creador.

A quien le interese el costado genial del personaje, verá en la creación de Karukoski lo contrario. Aquello que nos lo acerca, que nos muestra el sufrimiento y las vicisitudes propias de un hombre más.

Borges, a propósito de un poeta no siempre justipreciado pero absolutamente genial, llamado Enrique Banchs, nos ofrece acaso una explicación para las intenciones de los realizadores de “Tolkien”

Dice, en un soneto revelador:

Un hombre gris. La equívoca fortuna
hizo que una mujer no lo quisiera;
esa historia es la historia de cualquiera
pero de cuantas hay bajo la luna

es la que duele más. Habrá pensado
en quitarse la vida. No sabía
que esa espada, esa hiel, esa agonía,
eran el talismán que le fue dado

para alcanzar la página que vive
más allá de la mano que la escribe
y del alto cristal de catedrales.

Cumplida su labor, fue oscuramente
un hombre que se pierde entre la gente;
nos ha dejado cosas inmortales.

Los propósitos del film parecen animados por una idea similar. Borges distingue al Enrique Banchs hombre, del creador. Como hombre es ordinario, común, falible, impotente para conservar la relación con su amada, infeliz. Pero como la voz que sopla al oído del poeta no proviene de sí, sino de “Otro” que escoge caprichosamente a un hombre común para convertirlo en escriba, el producto no reproduce las miserias del amanuense, sino la gloria de los versos. Y el poeta se ofrece como manos y oído del “Espíritu” e inspirado traduce a palabras los soplidos. En ocasiones no puede explicar de dónde han salido esas ideas, esas armonías, o directamente no comprende lo que ha dicho.

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Lo que resalta la película contándonos la historia de Tolkien es precisamente aquello que el escritor tiene, como Banchs, de experiencia universal: la pérdida de su sostén (muerte de su madre), la pobreza que amenaza con no dejar que desarrolle sus capacidades intelectuales, el despertar al amor, la renuncia a él como sacrificio de crecimiento, el dolor de la guerra, de la separación de sus amigos, de la muerte y luego la compensación del talento en la escritura de una obra que le dará el prestigio del que hoy, tantos años después de su partida, todavía crece.

Si el autor de “El hobbit” pudiera oír el poema de Borges, seguramente coincidiría. El hombre es falible, pero el Espíritu que dicta el poema ha de ser mucho más grande. No sería extraño que un ser profundamente religioso como Tolkien sintiera claramente la desproporción entre su propia pequeñez y la grandeza de su obra.