jueves 20 de febrero del 2020

De otro pozo, "Érase una segunda vez"

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“Érase una segunda vez”

* Por Gisela Colombo

“Érase una segunda vez” es una serie francesa estrenada en 2018, que llegó recientemente a Netflix. Dirigida por Guillaume Nicloux, cuenta en cuatro episodios una historia que no surgió de un libro aunque se inspira indudablemente en la literatura.

Gaspard Ulliel y Freya Mavor son los dos actores que protagonizan la miniserie. La historia gira en torno de Vincent Dauda (Ulliel), un hombre de unos treinta años que se siente perdido a causa de la ruptura con su gran amor (Freya Mavor).

Sumergido en una vida loca de excesos no se decide a emprender su propia reconstrucción. En cambio, se evade sin lograrlo del todo. Pero un hecho azaroso sucede y cambia las cosas. Llega a su domicilio el envío de unas máquinas para hacer pesas que él encargó. Al bajarlas, el empleado del correo confunde un paquete ajeno y se lo entrega.

Unas horas más tarde Vincent descubre que se trata de un cubo de madera. No se explica, en principio, para qué sirve el objeto. Pero luego nota que no tiene fondo. Al ingresar su mano no halla la pared que debiera haber aunque se vea desde fuera. Por esta incongruencia se deja tentar e ingresa en el cubo para salir un segundo después en el mismo sótano. Pero al subir a la planta baja se encuentra con una realidad impactante. La mujer que lo tiene tan triste por su partida está allí, en una escena cotidiana, una mañana cualquiera.

Pronto el extrañamiento inicial cede y Vincent comprende que el cubo es un pasadizo de una dimensión a otra. De un tiempo a otro tiempo.

Muchas son las ficciones que propuso la literatura del siglo XX y XXI con argumentos similares. De tal modo, los viajes en el tiempo, los pasajes de una dimensión a otra, las realidades paralelas se nos presentan permanentemente. En el ámbito de las producciones audiovisuales, series, telenovelas, películas, proliferaron incluso más esos argumentos.

El tema de “Érase una segunda vez” no es original, ni pretende serlo. Si a alguna producción literaria se asemeja es al cuento fantástico.

En un cuento fantástico el efecto se produce por el contrapunto entre un marco realista, una realidad similar a la nuestra, y el hecho fantástico que rompe con ese sentido de realidad, con esas leyes naturales. Esa ruptura genera extrañamiento porque no se puede explicar racionalmente. Todos estos elementos están presentes en la serie. El marco en que se presentan los hechos es verosímil. Vincent es un hombre común con un comportamiento propio de su edad, su condición social, etc. No obstante, ese tranquilizador realismo está destinado a romperse en mil pedazos por un hecho inexplicable, hay un pasadizo (el cubo de madera) por el que el personaje puede trasladarse en el tiempo. La irrupción de ese objeto es el episodio que vulnera las leyes naturales a las que el hombre está habituado y considera inalterables.

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El relato guarda todas las características del cuento fantástico. Sin embargo, en el título parece convocar a otro género. “Érase una segunda vez” es el encabezado típico de los cuentos tradicionales, folclóricos o maravillosos. Cuando abre un texto esa fórmula “Érase una vez” o “Había una vez” el receptor dispone su ánimo para un relato inverosímil. Es decir, espera que lo que se narre resulte una sucesión de hechos inexplicables; que las leyes naturales de ese mundo no coincidan con las de la realidad. Una calabaza pequeña puede transformarse mágicamente en una carroza; los ratones, en caballos; los animales tener un psiquismo humano, hablar como personas; la gravedad no ser tirana como en nuestra realidad y una alfombra alzar vuelo para pasear a su héroe.

La pregunta que cabe hacernos es, por tanto, ¿qué han querido decir sus realizadores en el cruce de estos dos géneros tan diferentes?

El nombre actúa como una clave. Así como quienes entran a ver una película infantil o quienes leen La Cenicienta aceptan la convención sin cuestionar cómo es que los animales hablan, los hombres vuelan y otras excentricidades semejantes, los espectadores de esta serie deben renunciar de antemano a varias cosas: la primera es la de comprender cómo un cubo de madera puede convertirse en un portal que agujerea el tiempo. La segunda, que los hechos relatados no son susceptibles de ser ordenados según las categorías de causa y efecto, ni se presta la historia a que el receptor trace una línea que explique qué sucedió antes y qué después. En cambio, entrega deliberadamente los fragmentos de una historia desordenada cronológicamente. Como si se tratara de un rompecabezas temporal, el guión alterna la narración en un tiempo y otro, haciendo sumamente complicada la lectura tradicional y diacrónica. De tal modo, como en los cuentos de hadas, no queda más que entregarse a la convención y abandonar la pretensión de aplicarle una lógica que le es del todo ajena.

“Érase una segunda vez” será una propuesta muy interesante para aquellos que no se sientan traicionados por la experimentación. Quien espere la resolución clásica de los misterios, o un manual explicativo, se decepcionará. Pero quien tome esta serie como una aventura, habrá de disfrutarla en su primera temporada. Quizá incluso también en una segunda… ¿Quién sabe? 

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