lunes 23 de septiembre del 2019

DE OTRO POZO

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“Los últimos zares”

* Por Gisela Colombo

Las series de temática histórica proliferan tanto que resulta difícil resistirse.

Pero el problema es el que ha tenido desde tiempos sin memoria la relación entre historia y ficción. En la búsqueda de la contundencia, el entretenimiento y la belleza, la literatura ha estado permanentemente dividida.

En rigor, cualquier hecho narrado, aun cuando se trata de un punto de partida real, existe una ficción. En la sola selección de las acciones por relatar, en la perspectiva y la subjetividad del narrador hay ya una construcción ficcional. En toda novela histórica estamos frente a esta disyuntiva. En las series, que son su paralelo audiovisual no escapamos a lo mismo.

Más o menos serias, las producciones son una miscelánea entre imaginación e historiografía. Tal es el caso de “Los últimos zares” cuya estructura es en sí misma emblemática del mestizaje entre ambos géneros. Dramatizados casi todos los hechos que se mencionan, una serie de separadores en los que historiadores expertos de diversas universidades van poniendo en contexto lo narrado.

Desde la muerte del antiguo zar y la asunción al trono de Nicolás II hasta la muerte de la familia real a manos de los bolcheviques, la serie reparte la historia en seis capítulos. Alternan en ellos, además de la reconstrucción dramática de los hechos, una colección de imágenes históricas que van ilustrando lo narrado. Mientras tanto, una mujer que se presenta como la princesa Anastasia, única posible evadida de la muerte en ese fusilamiento horroroso contra los Romanov, debe ser estudiada con cuidado para determinar la veracidad de lo que afirma.

El mayor pico de subjetividad será la figura de Rasputín. Desde el mismo principio, vemos a este sujeto como alguien misterioso y ambiguo. Adicto al sexo, manipulador, soberbio, convence al zar y a la zarina de ser un enviado de Dios para proteger a Alexei, único hijo varón de ambos, que padece hemofilia en un tiempo en que se trataba de una dolencia imposible de combatir. Abundan sin necesidad las escenas de sexo que le quitan seriedad al trabajo de los investigadores, aunque seguramente apuntan a quienes, no interesándoles la historia por naturaleza necesitan esos ingredientes escandalosos.

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Lo más llamativo de esta propuesta es la reconstrucción del pensamiento providencial de quienes, viendo desde adentro la construcción de poder y su ejercicio, de verdad creían que eran la elección de Dios para gobernar un imperio de grandes dimensiones signado por la guerra, el hambre y la diversidad cultural.

En los primeros tramos del relato, se concede especial atención a los presagios que ya anticipan la mala suerte del heredero del trono y su inevitable final. Desde un embalsamado fallido del padre al morir y el hedor correspondiente, hasta la caída de uno de los atributos mientras está siendo coronado. El aplastamiento y muerte de más de doscientos campesinos en los festejos de la coronación confluyen con el conservadurismo y la distancia insalvable del soberano con su pueblo para dar una ecuación funesta. Los errores políticos aparecen como un medio para que aquello que debía cumplirse según los designios de la providencia. Ni el asesinato de Rasputín, ni las advertencias de madre y hermana de Nicolás y de sus principales ministros logran alejar la caída.

En suma, “Los últimos zares” resulta interesante para iniciarse en la aproximación histórica a un periodo controvertido, pero lejos de ser un relato pulcro de rigor histórico, consiste en un entretenimiento un poco más nutritivo que la pura ficción que invita, no obstante, a complementarse con lecturas más científicas que puedan pulir las inexactitudes que innegablemente contiene.