Por Gisela Colombo
La película Parque Lezama, dirigida por Juan José Campanella, vuelve a poner en primer plano ese tono emotivo e intimista que caracteriza gran parte de su filmografía. Sin embargo, en esta ocasión hay un matiz particularmente entrañable: la exploración de la vejez como una “segunda infancia”, un territorio donde la fragilidad convive con la ternura, el juego y el redescubrimiento.
El guión se apoya en diálogos naif, frescos y profundamente queribles, que construyen un vínculo genuino con el espectador sin caer en golpes bajos. En ese universo cotidiano se despliega el encuentro entre dos hombres profundamente distintos: por un lado, el personaje de Luis Brandoni, lúcido, desbordante de energía, inagotable creador de fantasías, beligerante y vocacionalmente enrolado en cualquier resistencia hacia lo dado por hecho. Por el otro, el de Eduardo Blanco, más prudente y escurridizo, alguien que desea estar en paz y acepta con abnegación lo que la vejez le trae.
Ese contrapunto es el corazón de la película. Mientras uno introduce el juego, la ambigüedad y la fantasía, el otro busca orden y definiciones. Y, en algún punto, sucede lo tradicional en estos relatos: El quijote se sanchiza y Sancho se quijotiza. A través de sus encuentros en el banco del parque, la relación evoluciona con una naturalidad conmovedora, oscilando entre la desconfianza inicial, el humor y una complicidad creciente.
Un elemento especialmente interesante aparece en las conversaciones del personaje de Brandoni con su hija, donde se construye una polaridad nítida entre el idealismo del padre y el pragmatismo vencido de ella, siempre con los pies sobre la tierra. Sin embargo, el anciano, lejos de ser un hombre confundido o atrapado por sus propias invenciones, se revela tan lúcido como ella: sus relatos no nacen de la ingenuidad, sino de una decisión consciente, casi estratégica, de correrse del lugar en el que ella intenta fijarlo, de eludir —con inteligencia y humor— el control que ejerce sobre su vida.
En ese marco resuena una de las frases más reveladoras del film: “A veces la verdad me queda un poco chica, me tira de sisa”. Allí se condensa una idea clave: la verdad como materia flexible, algo que puede ajustarse, correrse, rearmarse —sacar de un lado y poner en otro— para que encaje mejor con lo que se necesita sostener. No hay autoengaño, sino una forma de libertad.

Las historias, atravesadas por múltiples versiones y matices, refuerzan esa noción de identidad en movimiento, especialmente en esa etapa de la vida donde el pasado se resignifica y el presente puede permitirse mayor libertad.
Toda la acción transcurre en un único espacio, el Parque Lezama, que no solo funciona como escenario sino también como un personaje silencioso que acompaña y contiene a los protagonistas. El rodaje en esta locación exterior refuerza la naturalidad del relato y le aporta una atmósfera cotidiana, casi íntima, que potencia la cercanía emocional de la historia.
En definitiva, Parque Lezama es una obra sensible y luminosa, sostenida por dos interpretaciones notables. Luis Brandoni está genial, como siempre, y Eduardo Blanco alcanza una composición igualmente lograda, con un trabajo vocal destacable. Juntos construyen un vínculo que, entre la risa y la melancolía, deja una huella profunda.
