Por Gisela Colombo

¿Qué queda de aquella persona que fuimos antes de aprender a ser razonables? ¿Adónde van los deseos que abandonamos porque parecían infantiles, incómodos o poco rentables?

Mi lista de deseos —título original The Life List— está basada en la novela homónima de la escritora estadounidense Lori Nelson Spielman, publicada en 2013. La película de Netflix, protagonizada por Sofia Carson y Connie Britton, conserva la premisa central del libro: después de la muerte de su madre, Alex deberá cumplir los objetivos que escribió cuando tenía trece años.

La condición parece formar parte de una herencia, pero en realidad es una última lección. Aquella lista adolescente se convierte en una suerte de manuscrito perdido que la mujer adulta debe volver a leer. No se trata solamente de cumplir deseos, sino de interpretar quién era cuando todavía no había aprendido a renunciar.

La lista incluye desafíos previsibles y otros casi absurdos. Sin embargo, su verdadero propósito no consiste en obligar a Alex a coleccionar experiencias como quien tacha destinos en un mapa. Su madre quiere devolverla a la muchacha que fue antes de que la vida adulta la cubriera de prudencia. Como ocurre con la magdalena de Proust, cada deseo funciona como una puerta hacia un tiempo perdido: no para recuperarlo intacto, sino para comprender qué parte de nosotros quedó encerrada allí.

Alex vive al comienzo de la película en ese territorio gris que solemos confundir con la estabilidad. Tiene pareja, trabajo y una familia aparentemente ordenada. Nada parece estar del todo mal. Pero tampoco está verdaderamente vivo. Su existencia se parece a una habitación bien decorada en la que nadie ha abierto las ventanas durante años.

La muerte de su madre introduce el desorden. Y el desorden, como sabía Nietzsche, puede ser también el origen de una estrella. A través de grabaciones que recibe a medida que avanza en la lista, Alex continúa dialogando con ella. La película encuentra allí sus escenas más genuinas: la tecnología no derrota a la muerte, pero le permite demorarse un poco; convierte la ausencia en una conversación aplazada.

 

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Connie Britton aporta calidez y una melancolía serena a un personaje que, aun después de morir, sigue siendo el centro moral del relato. Sofia Carson, por su parte, sostiene la historia con sensibilidad, aunque su Alex resulta por momentos demasiado impecable. Incluso cuando fracasa, la película se apresura a embellecer la caída. Le falta barro, contradicción, esa pequeña cuota de fealdad que vuelve reconocible el dolor humano.

Ese es también el principal límite de Mi lista de deseos. Su argumento se acerca a preguntas profundas —qué hacemos con el tiempo, cuánto de nuestra vida elegimos realmente, si es posible heredar el coraje—, pero suele responderlas con la prolijidad de una tarjeta motivacional. Los conflictos familiares encuentran explicaciones convenientes; las heridas se ordenan; el amor aparece en el momento indicado. La película quiere hablar de la intemperie, aunque casi siempre lleva un paraguas preparado.

Tampoco escapa del todo a una trampa frecuente del cine romántico: convertir la transformación de una mujer en el camino que la conduce hacia el hombre correcto. Alex busca su vocación, reconstruye la historia de su familia y aprende a escuchar sus deseos, pero el relato concede demasiado espacio a sus elecciones sentimentales. Como si una vida solo pudiera considerarse completa después de encontrar pareja.

Aun así, sería injusto exigirle la oscuridad de Bergman a una película que aspira, sobre todo, a ofrecer consuelo. Mi lista de deseos pertenece a esa tradición de relatos en los que una muerte obliga a los vivos a despertar. Hay algo de Posdata: te amo, algo de Bajo el sol de Toscana y también una sombra lejana de La vida es bella: la idea de que el amor puede construir un dispositivo para seguir protegiendo al otro incluso cuando ya no estamos.

La película es previsible, sentimental y un poco más extensa de lo necesario. Pero posee una pregunta que sobrevive a sus lugares comunes: ¿cuándo dejamos de parecernos a la persona que soñábamos ser?

Quizás crecer no consista en destruir aquella lista adolescente, sino en volver a leerla sin ironía. No para obedecerla al pie de la letra, sino para reconocer, debajo de su ingenuidad, una verdad que la adultez suele olvidar: vivir no es únicamente cumplir con lo esperado. También es conservar algún deseo capaz de desordenarlo todo.