Por Gisela Colombo
Hay una premisa que, a esta altura, es un clásico. La crisis del creador. Cuando está en el foco un artista/escritor, se reconoce de inmediato, aunque esté disfrazada de thriller psicológico: un escritor de éxito que ya no puede escribir. Ese es el síntoma con el que Martín Bouchard —Diego Peretti— llega al consultorio de Ulises Verón, el psicólogo mediático que interpreta Ricardo Darín en “Lo dejamos acá”, la nueva película argentina de Hernán Goldfrid. Verón acaba de rechazar un premio en vivo, frente a cámaras, para denunciar la saturación de su propio gremio; Bouchard, en cambio, necesita exactamente lo que Verón dice despreciar: una autoridad que le diga qué hacer con un libro que no avanza. De ese desencuentro —un terapeuta que no cree en la terapia convencional y un escritor que ya no cree en su propia escritura— sale la “terapia de choque” que da impulso a toda la trama.
El hallazgo de la película no es el bloqueo creativo en sí, que funciona sobre todo como gancho de guion, sino lo que Goldfrid y Díez hacen con el vínculo entre los dos hombres una vez que el tratamiento empieza a salirse de los márgenes habituales de una consulta. El psicólogo deja de limitarse a escuchar y empieza a intervenir en la vida de su paciente con una lógica cada vez más parecida a la de un editor que reescribe el libro de otro sin pedir permiso: decide qué conserva, qué descarta, qué personaje —de carne y hueso, no de papel— tiene que desaparecer de la historia para que el relato cierre. Es un desplazamiento inteligente: la “terapia poco convencional” del título funciona, en el fondo, como una alegoría incómoda sobre la intromisión en la obra ajena, sobre dónde termina el consejo y empieza la apropiación.
Un artefacto que temáticamente recuerda algunos cuentos de Cortázar, de aquellos tiempos en que como traductor le requerían intervenir de algún modo la producción ajena.

Darín y Peretti sostienen ese desplazamiento con el oficio esperable —los dos encuentran el narcisismo específico de su personaje: el de Verón, exhibicionista y necesitado de público; el de Bouchard, más pasivo, el de quien delega su criterio en la primera autoridad que se lo ofrece con seguridad—. Ahí está, probablemente, lo mejor de la película: ese estudio en espejo de dos vanidades profesionales distintas, la del terapeuta que necesita curar en público y la del escritor que necesita que alguien más decida por él.
El problema de la película es que retrata un dolor que ocurrirá a los mismos creadores del film. Cuando todo se ha enredado hasta llegar un climax, descubren que no pueden resolverlo. “Lo dejamos acá”. El relato abandona el pulso de thriller y empieza a acumular nudos que después no sabe cómo desatar: motivaciones de personajes secundarios que quedan a mitad de camino, una escalada de la intervención de Verón sobre la vida de Bouchard que no termina de explicarse con la misma lógica interna que la película instaló en su primer tramo, cabos que el relato deja sueltos como si esperara volver sobre ellos más adelante y nunca vuelve.
Cuando llega la resolución, en los últimos diez minutos, el guion no cierra esos nudos: los deja ahí. Aparece un giro que funciona como un deus ex machina apresurado —una revelación de último momento que resuelve el conflicto desde afuera de la lógica que la propia trama había construido— y que exige del espectador una suspensión de la incredulidad que la película no se ganó. No es solo que el final sea rápido: es que no es consecuencia natural de lo que vino antes, sino un parche narrativo para cerrar algo que, tal como estaba planteado, no tenía un cierre orgánico a mano.
Queriéndolo o no, lo que deja la película es una sensación de no poder cerrar nada. La terapia como multiplicadora de conflicto que, cuando viene instalando la mayor cantidad de caos posible, se dice a sí misma: Lo dejamos acá.
Y ese desenlace forzado no aparece de la nada: es también una consecuencia de una indecisión de tono que recorre toda la película. “Lo dejamos acá” nunca termina de comprometerse del todo con el drama que su propia premisa pide. Hay un registro de comedia negra con aire a “Los Simuladores”, que insiste en aliviar con un chiste o un giro liviano justo las escenas que deberían doler —la manipulación de Verón sobre la vida de Bouchard, lo que ese personaje pierde en el proceso— y que le quita a la historia buena parte del peso dramático que necesitaría para que el espectador se tome en serio lo que está en juego. El resultado es una película que coquetea con el drama pero no se anima a sostenerlo: cada vez que la tensión empieza a doler de verdad, vuelve un guiño de comedia que la desactiva. Esa misma falta de compromiso con un tono —ni del todo thriller, ni del todo drama, ni comedia negra consistente— es la que después, sobre el final, no deja otra salida que el atajo: si la película nunca jugó fuerte la carta dramática, tampoco tenía con qué resolver dramáticamente lo que había planteado, y el deus ex machina llega casi por descarte.
Queda, de todos modos, una pregunta que vale la pena llevarse del cine (o del sillón, en este caso): qué parte de la autoría de un libro —o de una vida— está dispuesto a ceder un autor a cambio de que alguien más le diga, con aplomo, por dónde seguir. Es la misma pregunta, despojada de thriller y de golpes de efecto, que cualquier escritor real se hace frente a un editor, un corrector o un agente: cuánto de ese acompañamiento es guía y cuánto es intromisión. “Lo dejamos acá” la plantea con más agudeza de la que después está dispuesta a sostener: construye con cuidado un conflicto que, a la hora de resolverlo, prefiere el atajo antes que la consecuencia.
