Por Gisela Colombo

*La brama misma* (2025) es un libro que reúne cuatro relatos situados en la llanura pampeana, no como fondo sino como matriz sensible. Los personajes —atravesados por vínculos familiares, pulsiones íntimas y silencios heredados— habitan un mundo donde lo natural y lo humano se entrelazan. La escritura se apoya en lo mínimo: gestos, objetos, rutinas. Allí se condensa el sentido, sin recurrir a estridencias.

El primero de los cuentos es “La brama misma”, que da lugar al título de la obra, plantea una reconstrucción de la enfermedad y muerte del padre mientras emerge su propia escritura, en una memoria fragmentaria donde duelo y lenguaje se cruzan.

El relato evita el dramatismo explícito y desplaza el dolor hacia lo cotidiano. La figura del padre se arma desde lo ambiguo, entre recuerdo e imaginación. La escritura aparece como elaboración, pero también como duda. En algunos pasajes, la reflexión se vuelve algo explícita frente a una narración que, en general, sugiere con mayor fuerza.

“El mar de mi abuela”, el segundo relato, presenta a una abuela que nunca conoció el mar y el momento en que finalmente lo puede experimentar. La experiencia resulta más contemplativa que transformadora.

El cuento explora la relación entre territorio y subjetividad: el viaje evidencia una distancia más que una apertura. El personaje se construye desde hábitos y gestos. La escena del mar, contenida y anticlimática, es uno de los mayores aciertos. Queda insinuada —más que desarrollada— su interioridad, en línea con su carácter.

En “Invasiva”, Margarita observa obsesivamente las manos ajenas como forma de leer vidas; la historia deriva hacia un clima inquietante.

Es el relato más narrativo. Las manos como clave de lectura son un hallazgo que desplaza el sentido al cuerpo. La atmósfera se construye de forma progresiva con elementos perturbadores que no se cierran del todo. La acumulación simbólica puede rozar la saturación, pero refuerza la sensación de invasión.

Por último, en “El Grande” se narra una cacería en la que un jabalí mítico —el Grande— organiza la acción y el deseo de los cazadores.

El foco no está en la caza sino en la experiencia del entorno. El “Grande” funciona como figura de lo inalcanzable. La sequedad emocional genera cierta distancia, pero es coherente con el universo del relato.

En suma, el libro encuentra su fuerza en la precisión y la economía: trabaja sobre lo mínimo y lo apenas visible. Hay una clara coherencia entre los cuentos, articulados por la relación entre paisaje, cuerpo y memoria.

Si algo asoma —muy levemente— es cierta explicitación en algunos pasajes que contrasta con la potencia de lo sugerido. Aun así, el conjunto se sostiene con solidez.

La brama misma no irrumpe: permanece. Y en esa permanencia construye su resonancia.