Por Gisela Colombo.
La tercera temporada de Envidiosa vuelve a poner a Vicky Mori en el centro de una pregunta que ya no tiene que ver solamente con la envidia. Tiene que ver con el deseo. Con lo que creemos querer. Con lo que nos enseñaron a querer. Y con esa distancia, a veces insoportable, entre la vida imaginada y la vida posible.
Vicky quiere amor, estabilidad, carrera, libertad, reconocimiento y quizás también maternidad. Quiere una pareja, pero teme perderse en ella. Quiere avanzar, pero sospecha de cada avance. Quiere elegir, aunque le duela el costo de toda elección.
En ese punto, la serie encuentra su mejor materia: Vicky no envidia exactamente la vida de los demás. Envidia la aparente facilidad con la que otros parecen habitar decisiones que a ella le cuestan hasta la médula.
Uno de los aciertos de esta temporada es que no confunde madurez con iluminación. Vicky no se vuelve sabia, serena ni funcional. Sigue siendo intensa, ansiosa, torpe, demandante, graciosa e irritante. Pero también profundamente reconocible. Griselda Siciliani sostiene esa incomodidad con precisión: logra que una protagonista muchas veces caprichosa no se vuelva una caricatura, sino una criatura emocionalmente viva.
La comedia funciona porque expone sin castigar. Envidiosa se ríe de Vicky, pero no la mira desde arriba. La deja hacer papelones, exagerar, equivocarse y fracasar, pero siempre con la intuición de que debajo del ridículo hay una verdad.
Y esa verdad incomoda: muchas veces somos cómplices activos de nuestro propio desorden. Vicky se compara, interpreta de más, exige señales imposibles, se sabotea y mide su vida contra una versión editada de la vida ajena. Es la fórmula perfecta de la infelicidad contemporánea: mirar las fotos de gozo de otros y poner la lupa sobre las insatisfacciones propias.

Pero lo más interesante de Envidiosa no está solo en la comparación. Está en la contradicción generacional que Vicky encarna. Ella desea, en algún punto, la imagen prolija de una caja de cereales de los años cincuenta: pareja, familia, orden, promesa doméstica, felicidad empaquetada. Pero al mismo tiempo debe ser independiente, libre, deseante, profesional, moderna y capaz de no querer aquello que durante décadas se presentó como destino.
Ahí la serie se vuelve más aguda. Vicky no es simplemente una mujer confundida. Es el síntoma de una época que nos pide desear cosas incompatibles y, además, hacerlo con naturalidad.
La relación con Matías vuelve a ocupar un lugar central, aunque el verdadero tema no es Matías. Es la fantasía de que el amor, cuando finalmente llega, debería ordenar todo lo demás. Envidiosa entiende algo más adulto: conseguir lo que una quería no siempre trae calma. A veces vuelve el deseo más amenazante, porque obliga a cuidar aquello que antes solo se imaginaba
También por eso la serie funciona cuando muestra lo femenino sin solemnidad. Vicky no está escrita para gustar todo el tiempo. Puede ser egoísta, amorosa, brillante, absurda, vulnerable y desesperante en la misma escena. Y esa falta de ejemplaridad es parte de su potencia. Envidiosa no intenta dignificarla: intenta entenderla.
La temporada no siempre evita la repetición. A veces vuelve sobre los mismos tics, sobre la misma neurosis, sobre conflictos ya conocidos. Pero conserva algo difícil de fabricar: una voz propia. Su fuerza está en convertir una ansiedad personal en una conversación colectiva.
En el fondo, Envidiosa pregunta algo más grande que la historia de Vicky: ¿cuánto de lo que queremos lo queremos de verdad, y cuánto lo queremos porque alguien nos enseñó que ahí estaba la vida?
Cuando acierta, la serie muestra que madurar no siempre es llegar a un lugar. A veces es apenas aprender a soportar la distancia entre la vida que imaginamos, esa vida brillante y perfecta como una caja de cereales, y la vida real que efectivamente podemos habitar.
