Por Gisela Colombo
El falsario (título original Il falsario), estrenado en Netflix en 2026, es un drama criminal dirigido por Stefano Lodovichi y con guión de Sandro Petraglia (junto con la colaboración de Lorenzo Bagnatori en la escritura); basado libremente en el libro Il falsario di Stato. El filme cuenta con un reparto principal encabezado por Pietro Castellitto en el papel de Toni Chichiarelli, junto a Giulia Michelini, Andrea Arcangeli, Pierluigi Gigante y Aurora Giovinazzo, entre otros intérpretes que ilustran la mezcla de drama y crimen en la Roma de los años 1970.
La historia tiene por marco uno de los períodos más oscuros de la historia reciente de Italia y narra la historia de Toni Chichiarelli, un pintor frustrado cuyo talento excepcional para la imitación lo convierte en una pieza clave del entramado criminal y político de la Roma de los años setenta. Inspirada en hechos reales, la película dialoga de manera directa con el caso del secuestro y asesinato del ex primer ministro Aldo Moro en 1978, uno de los episodios más traumáticos de los llamados “años de plomo”, cuando la violencia política, el terrorismo y las operaciones encubiertas erosionaban las nociones de verdad y justicia.
El film sigue el ascenso de Chichiarelli desde los márgenes del mundo artístico hasta su integración en redes delictivas vinculadas a la Banda della Magliana, donde sus falsificaciones —cartas, documentos y comunicados— adquieren un peso histórico inquietante. Más que un simple relato criminal, El Falsario propone una reflexión sobre el poder de la escritura y la imagen en contextos de caos político, y sobre cómo la autoría falsa puede modificar el curso de los acontecimientos reales.
Desde lo formal, la puesta en escena reconstruye con precisión una Roma opresiva y gris. La estética recuerda las fotografías caseras de la década del ´70, tal cual se ven hoy, un poco desgastadas en los colores y con contornos de las figuras que ya han perdido en algo su definición.

La atmósfera está atravesada por una sensación constante de amenaza. Eso es lo que prevalece.
La dirección es como un ojo que no juzga, que naturaliza tanto el crimen como lo sagrado de la amistad, la disipación como la figura del cura que combate con las tentaciones. Tono sobrio, casi seco, que evita el sensacionalismo y refuerza el clima de ambigüedad moral.
Las actuaciones, especialmente la del protagonista, sostienen el relato desde la contención: Chichiarelli no es presentado como héroe ni villano, sino como un engranaje más de una maquinaria corrupta.
El guión avanza con ritmo firme, equilibrando el drama personal con el trasfondo histórico, y deja en claro que el verdadero núcleo del film no es la falsificación material, sino la fragilidad de la verdad cuando el poder decide manipularla.
Un testimonio de un tiempo y de una sociedad que entretiene y angustia en partes iguales.
