*Por Gisela Colombo, Agencia Literaria

Hay un chiste que la serie hace sin decirlo nunca del todo: un subcomisario del conurbano bonaerense, acostumbrado a que nadie pronuncie bien su apellido, termina protagonizando un caso que involucra al embajador ruso y a la CIA. El desajuste entre la escala del delito y la escala del hombre que debe resolverlo es, en rigor, todo el argumento de "Gutiérrez is mai neim" (Disney+, 2026): un policía que jamás estuvo preparado para nada de esto insiste en demostrar, sobre todo a sí mismo, quién manda en su jurisdicción. El título ya lo anticipa con su ortografía fonética, casi vergonzante: antes que un nombre, "Gutiérrez" es una manera de pararse frente al mundo cuando el mundo no da demasiadas señales de estar escuchando.

La serie, creada por Jesús Braceras —con la escritura de Leonardo Oyola entre los guionistas— y protagonizada por Darío Barassi y Yayo, no disimula su parentesco con una tradición muy precisa: la comedia policial que convierte la incompetencia en método, de "Torrente" a "La pistola desnuda", trasladada esta vez sin demasiado maquillaje al Conurbano. Barassi aporta la verborragia expansiva que ya le conocemos; Yayo, en el rol de teniente, elige el registro contrario, más contenido, casi cómplice de las torpezas ajenas. La dupla funciona precisamente porque ninguno de los dos juzga al personaje desde afuera: ambos entienden que el absurdo, para ser gracioso, necesita que el que lo protagoniza crea sinceramente en su propia épica.

Ahí aparece la idea más interesante de estos ocho episodios, aunque la serie no siempre la sostenga con la misma convicción: la distancia entre la aventura que Gutiérrez cree estar viviendo y las consecuencias reales —muchas veces institucionales, casi siempre torpes— de sus métodos. La corrupción policial bonaerense funciona como telón de fondo constante, y hay algo valiente en tratarla con la liviandad del gag antes que con la solemnidad de la denuncia. El riesgo, previsible, es que la sátira pierda filo cuando el atropello aparece una y otra vez sin correlato alguno: la risa se sostiene, pero el comentario social que la habilita empieza a diluirse.

Los mejores momentos de la temporada no son los que más ruido hacen. La escena de asistencia a un hombre que intenta quitarse la vida, o los pasajes que exploran las dificultades personales de un Gutiérrez divorciado y padre a medias, funcionan mejor que las persecuciones y los gritos que la serie repite hasta agotar su propio remate. Es una paradoja que suele aparecer en la comedia física: cuando el chiste ya dio lo que tenía para dar, insistir con el volumen no lo revive, apenas lo prolonga. Ahí, "Gutiérrez is mai neim" tropieza con un ritmo irregular, entre episodios que encuentran su tono y otros que confían demasiado en la energía de sus protagonistas para tapar los baches del libreto.

Con todo, hay que decir lo que la serie logra sin estridencia: construir, en la figura de Gutiérrez, un tipo reconocible del interior institucional argentino —el que no tiene el perfil para el cargo que ocupa, pero tiene, a cambio, una tozudez casi conmovedora para no reconocerlo—. La trama del embajador ruso y la injerencia de la CIA es, en el fondo, apenas la excusa que permite observar de cerca ese personaje: no importa tanto qué caso resuelve Gutiérrez, sino cómo un hombre común se aferra a la idea de que su nombre —mal pronunciado, mal escrito, pero suyo— todavía puede significar algo en el lugar que le tocó.

Ese es, quizás, el verdadero tema de la serie por debajo de la comedia policial: qué hace una persona común cuando el mundo le exige una épica que no tiene con qué sostener. "Gutiérrez is mai neim" no resuelve esa pregunta con demasiada profundidad —tampoco lo pretende—, pero la deja flotando entre chiste y chiste, como el eco de algo más serio que la serie prefiere no mirar de frente. Al final, ocho episodios más tarde, queda claro que el nombre propio nunca fue el problema: el problema, como en tantas otras historias sobre el poder pequeño, es todo lo que un hombre está dispuesto a hacer para que ese nombre, al fin, se pronuncie bien.