Por Gisela Colombo
Toda adaptación parte de una ilusión que conviene abandonar cuanto antes: la de que existe una manera fiel de trasladar una obra de un lenguaje a otro. No la hay, porque un cuento y una película no cuentan lo mismo con herramientas distintas, sino que directamente piensan de maneras distintas —una vive de la frase, del ritmo interior de la lectura, de lo que el lector completa a solas; la otra vive del cuerpo, del tiempo que dura un plano, de lo que dos actores construyen juntos frente a una cámara—. "Canelones", la película que Christian Basilis y Ana Laura Gussoni dirigieron a partir de un cuento que Hernán Casciari escribió en 2005, es un caso especialmente nítido para pensar ese problema, porque la distancia entre el original y su versión cinematográfica no es un detalle técnico: es, prácticamente, el tema.
El cuento resolvía todo en unas pocas páginas y con una economía casi quirúrgica: una broma telefónica de la adolescencia, un secuestro treinta años después, una culpa que el relato prefería sugerir antes que explicar. La película, en cambio, necesita sostener una noche entera de proyección, y para eso hace lo que casi cualquier adaptación de un texto breve termina haciendo: expande. Donde el cuento callaba, la película muestra; donde el texto confiaba en la imaginación del lector, el guion decide poner motivos, antecedentes, consecuencias. Es una operación legítima —ningún largometraje puede vivir noventa minutos de lo que un cuento resuelve en unas líneas— pero no es gratuita: cambia el género de la historia, que pasa de ser una fábula sobre la culpa a ser, más bien, un thriller de venganza con reglas propias.
Ese desplazamiento se nota, sobre todo, en cómo la película necesita convertir en escena lo que el cuento apenas mencionaba. Daniel Olesnik, el secuestrador que carga con treinta años de rencor, requiere en el cine un cuerpo, una historia visible, una razón que se pueda actuar; en la página, en cambio, bastaba con que existiera como amenaza. Verónica Llinás, en el papel de la madre secuestrada, es quien mejor entiende ese desafío: construye un personaje que oscila entre el humor y el desgarro con una fluidez que hace pensar menos en una traducción literal del texto que en una reinvención a partir de él. A su lado, Darío Barassi —en un registro bien distinto del que exhibe este mismo año en otra comedia policial— y el resto del elenco completan una película que entiende algo esencial: que adaptar no es ilustrar, sino volver a inventar con otros medios los mismos materiales.
La adaptación, además, tiene que resolver un problema que el cuento no tenía: cómo administrar el tono. Casciari podía pasar de la comedia costumbrista a la tragedia en el espacio de un párrafo, con el lector acompañando ese giro sin resistencia; el cine, en cambio, necesita que cada cambio de registro se sostenga con actuación, ritmo y puesta en escena, sin que el espectador sienta el quiebre como un tropiezo. "Canelones" transita con destreza pareja —aunque no siempre uniforme— entre la comedia, el thriller y el drama familiar, y cuando la mezcla funciona logra algo poco frecuente en el cine argentino: reírse de sus personajes un minuto antes de mostrarlos genuinamente rotos, sin que un tono traicione al otro. Es, en cierto modo, el mismo desafío que enfrentó Orsai —la comunidad que Casciari fundó y que financió colectivamente esta producción, con más de cinco mil aportantes sosteniendo un rodaje de presupuesto ajustado— para demostrar que la precisión narrativa no depende del tamaño del presupuesto sino de la claridad de la idea que lo organiza.
Lo que se pierde en esa traducción, sin embargo, es real y merece decirse sin rodeos: la ambigüedad que hacía del cuento un objeto perturbador —una culpa sin resolución posible, una historia que el lector terminaba de escribir en su propia cabeza— se transforma en la pantalla en una mecánica más explicada, más resuelta, más cómoda para el espectador. No es un fracaso de la adaptación sino su condición misma: el cine, a diferencia del cuento, rara vez puede darse el lujo de no explicar. Por eso la experiencia de ver "Canelones" varía tanto según quién la mire: funciona mejor para quien llega sin haber leído el original que para quien ya conocía, de memoria casi, la brevedad quirúrgica del texto que le dio origen.
Queda, entonces, una lección que trasciende ampliamente este caso puntual: toda trasposición de una obra literaria al cine es, en el fondo, una reescritura con otras reglas, no una copia con otro formato. "Canelones" no traiciona al cuento de Casciari; lo interpreta desde una lógica distinta, la que exige el cine cuando necesita encarnar en cuerpos y tiempos concretos lo que la literatura podía dejar flotando en la imaginación del lector. Y si algo se pierde en ese pasaje —el misterio, la elipsis, el silencio que el texto original sabía sostener—, también se gana algo que sólo el cine puede dar: la certeza física de que esa historia, treinta años después de la broma que la originó, todavía tiene cuerpo suficiente para volver a contarse.
